
Desfile de Chaparro Gaultier.
Hoy es un gran día. He conseguido colocar la patata caliente en la que estaba empezando a convertirse este piso. De ser un lugar tranquilo y sin sobresaltos ha pasado a ser un puto after.
Al principio era un bloque de pisos tranquilo, con abuelas y un par de jovencillos que alguna vez hacían ruido los sábados a las diez. La vida era maravillosa y nada perturbaba nuestro sueño.
Con el tiempo llegaron musulmanes, cuyo único trabajo era hacer callar a sus cuarenta hijos y los chinos, que parecía que se iban a matar en una discusión cuando solo se estaban pidiendo la sal, pero nada que no se pudiera soportar.
Todo cambió al estilo del misterio de Salem´s Lot, un vecino misterioso entró a vivir arriba, un desconocido de alquiler. El peor presagio fue que cambiaron la puerta y pusieron la mirilla a una altura de metro cuarenta. Habíamos oído hablar de reguetton, de Latin kings, y puñetas por el estilo, pero parecía que todo quedaba muy lejos.
Al principio solo un extraño sonido perturbaba nuestra paz. Era como una especie de taconeo de coja, como si una señora muy gorda y con tacones estuviera en el piso de arriba imitando a chiquito de la calzada. Quien ha sufrido este sonido sabe de qué hablo, es algo constante, como si un tipo con una pata de palo jugara al tejo. Era constante, molesto e hipnótico a la vez.

Prototipo de Payoponi.
Constantemente empezaron a llamar a casa preguntando por una tal Barbi. No pude evitar descojonarme de la risa la primera vez, llamar Barbi a una señora de ochenta kilos y metro cuarenta, se me antoja de hijo de puta. Les dije que se habían equivocado y no pasó nada. Fue la primera vez de mil.
El primer sábado hicieron una fiesta de inauguración. Parecía que habían doscientos tipos saltando en el piso de arriba con la música a todo taco. Los taconazos de la coja se convirtieron en una especie de desfile militar extraño, por lo menos así sonaba. No le dimos más importancia, pensamos que sería un caso aislado y lo dejamos estar.
El viernes siguiente volvieron a la carga. Algunos vecinos les avisaron haciendo caso omiso. La poli fue y pararon. A las tres semanas volvieron a la carga.
Con el tiempo empezaron a llamar al timbre a las tres de la mañana borrachos haciendo preguntas filosóficas. Donde estoy, donde anda mi mujer y tú quien eres fueron las más representativas. Cuando descolgabas el interfono, llamaban a casa. Era mandarlos a la mierda o pelearte.
Seis meses después, se habían largado varios vecinos y habían pillado parientes suyos los pisos, convirtiendo este bloque en Villamojito. Peleas de bar en la escalera, potas, mierda… No pudimos aguantarlo más y vendimos esto.
Le dije al tipo de la inmobiliaria que si eran ex militares serbios, narcos mejicanos o colombianos, les hacía un descuento. Se quien viene y espero que lo realquile a unos cuantos ex soldados de esos de Sierra Leona, de los que han esnifado litros de gasolina y pegaban tiros con ocho años.
Quien me tache de racista, que envíe un email, que se lo dejo barato.